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domingo, 10 de octubre de 2010

¿Deben los escritores ser social y políticamente comprometidos?


         Los intelectuales hoy no sienten la necesidad de comprometerse; creen que los sistemas políticos ya garantizan por sí solos la democracia, pero no es así... en América Latina todo está por hacerse, la democracia no está allí para quedarse. En ese contexto, el intelectual tiene la obligación de intervenir en el debate cívico. El debate fundamental es el de las ideas”.
                                                        Presentación de sables y utopías- Mario  Vargas Llosa
 
    ¿Deben los escritores ser social y políticamente comprometidos?   

             Es muy difícil a la hora de escribir, preguntarte esto y darte una respuesta, pero siendo peruano  entiendo la postura de Vargas llosa. A pesar de que a veces siento y temo que mi voz no sea completamente escuchada, creo que me parece espantosa la idea de esconderme un día en mi casa y ver como mi mundo se cae a pedazos.

                 En mi país, como en la mayoría de los países latinoamericanos la dictadura aún deja cicatrices imborrables, pero también nos recuerda que gracias a que los escritores y artistas se volvieron voceros de las atrocidades los que vendrán no tendrán que sufrir por ello. Les recuerdo también que sin importar las ideas, sean partidistas o no, los primeros en los que una dictadura o un régimen autoritario ponen su mirada; es en ellos, por ser voceros de ideales de paz, amor, bien y mal, por entregar sueños y cultura. Quieran o no alejarse de su condición de vocero no es una opción que ellos mismos puedan elegir, quienes los eligen son los lectores, el pueblo.

                 Muchos autores, quizás sin saberlo, ya fueron escogidos como tales, quizás sin saberlo ya movieron masas y encendieron corazones, sólo con una frase. Por cierto que es necesario aclarar algo que quizás para muchos sea desconocido fuera de latino América; el hecho de que no es lo mismo una visión, político partidista y una visión política. Una visión política es algo casi natural, todos los humanos la tenemos y a veces sin proponérnoslo, la visión política te transforma en un actor social. Un ejemplo sería que como escritor; un día sin darte cuenta vieras a tu vecino empobrecido por su nueva cesantía en un tiempo de crisis y decidieras escribir sobre la situación pues te ha corrompido tu parte más sensible.

           Sin darte cuenta tus otros vecinos y tus amigos desean levantarse luego de haber leído tu obra y exigir mayores remuneraciones y seguros de cesantías más altos, etc. Llevando esto a la realidad, pensemos en una J.K Rowling que quizás ustedes no lo sepan, pero que sin tener una posición partidista o política definida, en países de latino América no sólo causo revuelo por la magia y los hechizos, si no por el mensaje conmovedor de un niño pequeño que sin entender bien había sufrido la muerte de sus padres tras un allanamiento de su casa, una cosa muy recurrente en tiempos de dictaduras. Otra historia que capta la atención es la de Neville Longbotton el joven que perdió a sus padres en el margen de la locura.

               En Latinoamérica muchos jóvenes aún viven con el constante temor de haber visto a tíos a posibles padrinos, amigos de familia e incluso padres haber enloquecido, cambiado, ser frustrados o simplemente ser obligados a vivir al margen de la ley, luego de haber luchado años contra un régimen fascista. Tenemos en esta novela a un “Voldemort“ sin rostro, pues les digo; en Latinoamérica más de un chico le puso un rostro conocido; el de su dictador de infancia que muchas veces amenazó su vida sin represalias. Esta historia, quizás sin que la misma autora se lo propusiera, nos invitaba a luchar a defendernos y a sentirnos bien con  nosotros mismos y nuestras vidas golpeadas por historias parecidas, a sentirnos reconocidos en un espejo.

            Por último sólo porque los escritores tienen una voz muy fuerte que es pagada por sus seguidores les pedimos que consideren la posibilidad de escribir y usar su voz en favor de ellos, de los que no tiene voz y muchas veces se ven avasallados sin poder quejarse.

miércoles, 6 de octubre de 2010

El militarismo en America latina

 

            Al estar los países latinoamericanos iniciando lo que será un largo período de 14 años de celebraciones del bicentenario de la independencia de cada país, la crisis que está viviendo Ecuador no hace sino recordarnos lo poco que hemos cambiado. El militarismo que acompaña a nuestros países desde un inicio sigue vigente; aún no nos ha abandonado.






         Incluso este evidente intento de golpe de Estado que enfrenta el presidente Rafael Correa, por más que esté disfrazado de una demanda salarial, no es muy diferente a las decenas de golpes tradicionales que en todos nuestros países se han llevado a cabo. Uno podría decir que es increíble que en pleno siglo XXI todavía puedan ocurrir estos hechos, pero basta ver a nuestro alrededor para darnos cuenta de que el problema no está solo en Ecuador. Por ejemplo, la carrera política de Hugo Chávez se inició con un golpe de Estado y él se ha mantenido en el poder gracias al apoyo de los militares. Si nuestros pueblos eligen voluntariamente a personajes que intentaron destruir la democracia, sin duda estamos jugando con fuego.

          Creo que parte importante del problema radica en la sobredimensión que tiene la mayoría de las Fuerzas Armadas latinoamericanas. Estas todavía cuentan innecesariamente con cientos de miles de hombres en armas como si fueran a llevar a cabo grandes batallas como las del siglo XIX. Es como si su objetivo central no hubiera cambiado en 200 años, pese a que en la mayoría de nuestras sociedades hoy en día la inseguridad ciudadana es la mayor amenaza. En realidad, el tamaño de sus instituciones es lo que les da músculo a los militares permitiéndoles mantener un excesivo nivel de influencia en su política interna.

          Por otro lado, en Europa, países que también sufrían de militarismo –España, Portugal, Grecia– reformaron a sus Fuerzas Armadas convirtiéndolas en instituciones más pequeñas, totalmente profesionales y muy capacitadas. Hoy en día, uno no se podría siquiera imaginar un golpe de Estado en un país europeo, sin embargo, hubo intentos hasta hace solo 25 años.

        Lamentablemente en nuestra región no hay ningún ejemplo exitoso de reforma de las instituciones militares. Es por eso que las pesadillas del pasado nos siguen persiguiendo y anacronismos como golpes de Estado siguen apareciendo. La reforma militar es uno de los grandes temas pendientes en la agenda regional.

La estirpe de Quasimodo en Lima

              






              Quasimodo, el personaje contrahecho y sordo que creó Víctor Hugo y que pasó a la historia como el jorobado de Notre Dame, inspira compasión y ternura. Cualquiera que haya leído la novela o visto alguna de las tantas realizaciones cinematográficas basadas en ella no podrá evitar esas emociones frente al desdichado muchacho cuyo oficio era hacer sonar las campanas de la iglesia situada en el corazón de aquel París del siglo XVI. Leyendo algunos artículos de la prensa local con motivo de las futuras elecciones municipales, vino a mí la imagen del joven Quasimodo. Pero no su imagen física, sino su imagen espiritual, que es la de una persona sola, sorda, rechazada socialmente y aislada del mundo. La relación hallada estriba en que hay que vivir al estilo de Quasimodo, en el aislamiento de Quasimodo y en la frustración de Quasimodo para tratar temas coyunturales y que a la larga serán un punto más en la historia, con la pasión, el odio, el descaro y la impertinencia con la que lo hacen algunos a los que, naturalmente, no siento como tales. No mencionaré quiénes porque, además de no hacer falta, no lo merecen el autor o autores de estos libelos. Solo me limitaré a subrayar que la realidad objetiva no existe y que las percepciones de la misma son tan variadas como las huellas digitales que sirven para identificarnos. Un ser humano es una percepción y una interpretación de la realidad. A cada cual la suya. Esa inmensa heterogeneidad de percepciones se fundamenta en razones genéticas, culturales, sociales, emocionales, geográficas, familiares y un largo etcétera que hoy las neurociencias se empeñan en descifrar. Conocida esta complejidad, arrogarse el derecho a interpretar como rectos o torcidos –y normales o anormales, sensatos o insensatos– los comportamientos individuales y/o sociales, solo es una expresión de minusvalía mental.


                   Todos y cada uno tienen el derecho a defender su percepción de la realidad: a lo que no tienen derecho es a denostar a los que piensan diferente. Pueden disentir, discutir, contestar, discordar. Pueden presentar argumentos, explayarse sobre sus ideas, defenderlas con ardor, pero no tienen derecho a insultar ni presuponer que en el campo rival no se cree con la misma honestidad y la misma intensidad en las propuestas que formulan.


               Más allá de los intereses materiales que suelen estar detrás de determinados grupos (siempre y en todas partes), hay ideas contrastantes que emergen de una diferente apreciación de la realidad. No es un capricho: es solo una idea diferente producto de una percepción diferente. La lucha por el poder, dentro de la democracia, debería ser entonces un torneo de ideas cuyos contrastes y diferencias sirvan para enriquecer a todos aquellos que comprendan lo limitado de su propia visión y tengan la generosidad de enriquecerse con la discusión y el diálogo.


Solo Quasimodo puede permitirse la ceguera y el autismo al que lo condenaba su soledad

Gente por la que quiero votar

           Creo ciegamente en las elecciones, pero no puedo dejar de preguntarme si los climas preelectorales son propicios para la democracia, tanto por el comportamiento de los candidatos como por la impresión que ese comportamiento suele tener sobre los electores. No me refiero al ornato de la ciudad que generalmente queda descalabrado, pues ese es un mal menor y curable en el corto tiempo. Mis dudas van por saber si durante el período preelectoral, ¿los candidatos son ellos o no son ellos? ¿Brota de su interior lo mejor que tienen o permiten que las regiones más primitivas de su cerebro dejen salir instintos oscuros y destructivos? ¿Pueden ser realmente ellos u obedecen al batallón de asesores de imagen que les acompañan? ¿Tienen el suficiente poder histriónico para representar el papel que se les pide o de tiempo en tiempo –unos más a menudo que otros– revelan su verdadera personalidad? ¿No es posible que a veces su verdadera personalidad sea mucho más efectiva y cercana a los electores que la que producen los fabricantes de imagen? Cada elección suelo preguntarme lo mismo  en el dia  que me tocara asesorar a un personaje con aspiraciones presidenciales le diria de lo que estoy absolutamente convencido: el mensaje eres tú. No se puede ser una persona en campaña electoral y otra en la vida normal sin caer en un principio de esquizofrenia que, de conquistar el poder, se vuelve incurable.

                 Las elecciones, en realidad, tienen fines terapéuticos y no solo para la democracia, sino también para quienes desde las alturas del poder no solo pierden contacto con la realidad, sino que también suelen perderlo con lo más íntimo de su yo. Viven, durante el período electoral, en función de lo que creen que esperan de él o de lo que le dicen que esperan de él y luego, si tienen la suerte o la desgracia de triunfar –en realidad no sé qué es lo mejor para el postulante– trepan a ese nimbo de halagos, felicitaciones, euforia y falsa sensación de que el poder realmente existe, que suelen cortar con la realidad y se dejan llevar tanto por las emociones como por el convencimiento de que si están allí es por merecimientos propios.

              En realidad han llegado empujados por intereses coyunturales, miedos bien sembrados por la prensa y otros factores que en pocas ocasiones tienen que ver con una identificación real entre su persona y el pueblo que van a gobernar. No todos, por supuesto. Hay seres humanos maravillosos, seres humanos movilizados por el ansia de servir, ansia a la que han respondido sin necesidad de llegar al poder y esos, como diría Bertold Brecht –los que luchan todos los días de su vida– son los mejores. Son los más difíciles de contaminar. No bajan de ningún pedestal, sino que emergen de la marea del quehacer cotidiano junto al pueblo y saben, cuando el entorno no logra marearlo, que están donde están para servir. El presidente brasileño Lula que fue tratado hasta de analfabeto, es un ejemplo de esa conducta. Esa es la gente por la que yo quiero votar.